
La primera persona que usó un paraguas en Londres, en 1750, fue un hombre llamado Jonas Hanway, que lo había traído de Francia, y a quien recibieron en la calle con insultos y tirándole basura, por que el paraguas parecía un parasol de mujer.
Cuando los hermanos Wright anunciaron que habían logrado volar durante doce segundos con su nuevo invento, en 1903, Ferdinand Foch, un comandante francés de la Primera Guerra Mundial, dijo que los aviones eran juguetes interesantes pero que jamás tendrían un valor militar.
Inclusive cuando en Costa Rica se empezó la lucha por el voto femenino, Elías Meneses, Cura Párroco de Esparza dijo: “No debemos dejar que la mujer baje de su pedestal para mezclarse en la política.” (Mujer y Hogar, 22 de marzo de 1945)
No ha habido una sola persona tratando de hacer algo nuevo que no haya sido la piñata de críticos y cobardes.
La gente que con su desprecio y su burla ejerce presión social para mantener el estado de las cosas, ha existido siempre.
Pero a pesar de todo esto han habido innovadores e innovadoras, que han logrado enfrentar sus inseguridades, y han cambiado el mundo muchas veces, de muchas maneras.
La clave para encontrar esa determinación quedó plasmada de manera maravillosa en 1910 en un mensaje que dio Theodore Roosevelt en la Sorbona, en alusión a los gladiadores romanos.
La dejo acá para los innovadores e innovadoras, que en algún momento, inevitablemente, se van a sentir asaltados por la duda que otros querrán sembrar en ellos y ellas:
La persona en la arena
No es el crítico quien cuenta; ni aquellos que señalan cuando una persona se tambalea, o cuando lo pudo haber hecho mejor.
El reconocimiento pertenece a la persona que está en el barro, con el rostro marcado por el polvo, el sudor y la sangre; pertenece al que se esfuerza valientemente, que se equivoca, y se tropieza una y otra vez, ya que no hay esfuerzo que valga que no implique equivocarse.
El reconocimiento pertenece a la persona que se compromete a lograr su propósito; que sabe lo que se siente el fervor y la devoción; lo que se siente dedicarse a una causa digna; a quien en el mejor de los casos encuentra al final el triunfo de un gran logro; y que en el peor de los casos, si fracasa, al menos caerá habiéndose atrevido a intentarlo con todo.
De manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas indiferentes y sin llama que no conocen ni la victoria ni la derrota.
