Cuando todo va sospechosamente bien.

Cuando tenía unos 9 años me dio varicela. Y para que no me matara el aburrimiento de no ir a la escuela, un tío me regaló un Gran Banco. Creo que jugué más veces Gran Banco en ese mes enfermo que cualquier otro juego en mi vida después.

Y la razón de eso es que siempre ganaba. Desde la primera vez que jugué con mi tío gané. Se me hacía demasiado fácil. Me hacía demasiado sentido.

Finalmente había algo que yo entendía mejor que los adultos y estaba disfrutando demasiado la emoción de ganar.

Eventualmente, cuando ya me sentí suficientemente bien, salí al barrio con el Gran Banco bajo el brazo, en busca de mi siguiente víctima: la primera persona en el mundo fuera de mi familia que fuera testigo que mi recién descubierta habilidad.

Al único que me encontré sin nada que hacer fue a un amigo de mi hermano mayor, que me llevaría unos 8 o 9 años, pero que era buena gente y se apuntó a jugar.

A mí no me importó que fuera mayor porque ya le había ganado a gente aún mayor que él. Al contrario, no podía esperar verle la cara cuando le ganara.

Fue brutal y contundente la manera en la que me ganó. Después de todo, Gran Banco se trata de humillar al oponente: dejarlo en bancarrota. Me quedé mudo, todavía sin entender cómo me había ganado.

¿Cómo podía ser? Si yo le había ganado a todos en mi familia; papá, mamá, hermanos, tíos, tías, abuelos y abuelas.

Estaba temblando.

El amigo de mi hermano, un poco preocupado de verme en tal shock, me preguntó que si estaba bien. En ese momento me puse a llorar y salí corriendo a mi casa. Dejé el Gran Banco tirado.

Y no es que me haya puesto a llorar por haber perdido, si no que en ese momento me cayó súbitamente la explicación:

Hasta ahora todos me habían dejado ganar.

Me habían mentido. Me habían tenido lástima. Y creo que fue peor la humillación que perder. Después de todo, el único que había sido sincero, fue el que me había dado la paliza.

Aunque obviamente para la cena ya había perdonado a mi familia, y los quiero mucho, porque sé que lo hicieron desde un buen lugar, esa derrota, hasta hoy en día me genera una saludable sospecha cuando me topo a alguien a quien todo lo que hago le parece maravilloso.

Dar y recibir feedback no es fácil, pero se puede aprender.

Necesitamos gente alrededor en la que podamos confiar, para que nos ayude a ver lo que por nosotros mismos, por nuestros sesgos, por nuestra cercanía y por nuestro entusiasmo, no podemos ver.

Creo que una buena manera de verlo es que una parte de demostrarle aprecio a alguien por su trabajo es poder decirle la verdad respecto a las deficiencias y a los aciertos, igual con respeto y con afecto, para darle la oportunidad de mejorar. Aunque sea el que nos firma el cheque.

Después de todo nadie quiere darse cuenta en frente a sus clientes o inversionistas, que en realidad no sabe jugar Gran Banco.