
A propósito del mes de la independencia.
Las historias son poderosas. Las historias que contamos y nos contamos sobre nosotros, como comunidad, son parte de cómo definimos quiénes somos, de lo que somos capaces, y hacia dónde queremos ir.
El problema es que bajo la bandera de la humildad, tendemos a bajarnos el propio piso.
A propósito del bicentenario, un ejemplo de cómo nos bajamos el piso es cómo nos contamos la historia de la independencia:
De lo que me acuerdo que a uno le enseñaban en la escuela, más o menos parece que nosotros estábamos jugando damas chinas cuando vino un mensajero a caballo, con una carta de Guatemala avisándonos que éramos independientes hacía más de un mes (y salimos a recibir dicha carta con unos «farolitos»).
En esta narrativa se siente que la independencia fue algo que nos pasó. Se siente como si fuéramos personajes secundarios de nuestra propia historia. Cuando en realidad fuimos y somos el motor.
Esa fue una lucha que se dio y se da por mucho tiempo en muchos lugares.
¿Quién nos contó esa historia de nosotros mismos?
La independencia de nada se puede regalar de un día para el otro con un acta, ni con una firma ni con un permiso. Por eso propongo otra manera construir esa narrativa, a propósito del bicentenario:
Nadie nos ha regalado nuestro derecho a vivir como vivimos.
Nuestra independencia y nuestra libertad, hay que pelearlas todos los días. Todos los días se siguen ganando. Todos los días se siguen perdiendo. Todos los días se siguen conquistando. Todos los días se siguen defendiendo. Porque todos los días alguien quiere meternos una zancadilla. Y muchas veces somos nosotros mismos. Y aún nos hace falta mucho. Pero recordemos…
Recordemos que en algún momento no toda la gente podía votar. No toda la gente podía entrar a San José. No toda la gente se podía casar con quien quisiera. No toda la gente se podía divorciar. No toda la gente podía ir a la escuela. No toda la gente podía recibir atención en un hospital. ¿Cuántas cosas más hay así o parecidas?
Y para que hoy gocemos de esas libertades, hubo gente que se enfrentó a su tiempo. A su cultura. A su gobierno. A su familia. A sus amigos. A sus tradiciones. A sus creencias. A sus propios miedos. A todo lo que le decía que las cosas eran como debían de ser.
Yo no soy historiador, así que no me citen, pero….
Hubo un hombre que lideró la insurrección que permitió a los aborígenes recobrar el control del territorio de Talamanca de los españoles. Le dio muerte a todos lo que sabían dónde se escondían los asentamientos, y cuando los españoles lo atraparon y torturaron, murió guardando el secreto. Se llamaba Pabru Presbere, y gracias a él sobrevivieron la identidad, las tradiciones y los lenguajes indígenas en este país.
En los 80, la policía allanaba las fiestas de la comunidad LGTBIQ+, y si no los podían arrestar por lo menos le rapaban un pedazo de la cabeza. De esa manera, ellos se tenían que rapar el resto. Como estos allanamientos salían en el periódico, cuando llegaban rapados de la nada al trabajo el lunes, eran despedidos. Rapándolos, los estigmatizaban y los sacaban del closet. Pero hubo un grupo de costarricenses, que dijo basta a todo eso y se enfrentó al gobierno y a todas las tradiciones y a todos los fantasmas por los que siempre se discrimina, hasta que el hostigamiento institucional se detuvo y comenzó una nueva era que poco a poco ha cambiado como vivimos.
La Avenida Central se llama Rogelio Fernández Güel por el hombre que murió organizando la resistencia contra la dictadura de los Tinoco. Estamos equivocados si pensamos que los Tinoco simplemente se tomaron el país. En todos los rincones de Costa Rica se crearon focos de resistencia. Carmen Lyra fue también una de las lideresas de esa resistencia que eventualmente los derrocó.
En la época de Garabito, cuando los españoles secuestraron a su mujer, enviaron a un comando de mujeres a liberarla, llamadas las Biritekas, que los españoles temían como si fueran las Amazonas.
Fue María Emilia Solórzano, la que luchó y propició la abolición de la pena de muerte aunque su esposo recibiera el crédito, porque fue él quien firmó el acta. Esa lucha la dio para acabar con el dolor y la injusticia de un castigo que había hecho tanto daño a la gente durante décadas, y que el país vivía a flor del piel por el fusilamiento del General Cañas y Juanito Mora.
En Costa Rica han habido hombres y mujeres que han tenido la determinación de cambiar la realidad en la que vivían y lograron cambiar nuestro presente.
¿Por qué no nos contamos más de estas historias? Puede ser porque ni siquiera las sabemos. O porque no sabemos reconocerlas cuando las vemos. No sé. Pero tenemos que empezar a buscarlas. Porque ahí están.
Y las necesitamos para recordarnos de lo que somos capaces.
En el futuro aguarda con todo lo que hoy decidamos hacer con él. La magnitud del presente que construyamos se sentirá de maneras que aún no podemos imaginar. Pero primero nos la tenemos que creer. Y las historias que nos contemos nos pueden ayudar en eso.